Uno de los temas que más afecta a los llamados Judíos Mesiánicos es la controversia sobre su identidad judía. El punto es simple: ellos se consideran judíos. Los judíos en general los desconocen como tales.
Podríamos enfocar el tema desde la perspectiva halájica judía, bajo una perspectiva sencilla y lógica: el judaísmo, en tanto fenómeno cultural vinculado a un grupo social bien determinado, mismo que abarca aspectos religiosos y seculares, ha desarrollado sus propios modos de identificar a sus miembros.
Por lo tanto, es ilógico que alguien externo repentinamente diga “yo soy parte de este grupo”.
Desde mi personal opinión, ese simple razonamiento descalifica la pretensión de los llamados Judíos Mesiánicos para ser reconocidos como judíos.
Pero voy a entrar en el tema desde otra perspectiva: demostrar que los llamados Judíos Mesiánicos son cristianos, simplemente porque piensan y se comportan como cristianos. Recurro a la sabiduría popular: si camina como pato, hace como pato y nada como pato, es pato.
Voy a analizar las diferencias de perspectiva entre judaísmo y cristianismo en cuatro diferentes conceptos —todos ellos esenciales—, para con ello dejar en claro que la postura de los llamados Judíos Mesiánicos siempre es similar a la del cristianismo, no a la del judaísmo. Los puntos en cuestión son:
1. El concepto de Mesías
2. La Akedá, la expiación y el concepto de Profecía Mesiánica
3. La autoridad de las Escrituras
I. El concepto de Mesías
La palabra “Mesías” es la castellanización del hebreo Mashiaj, que significa “ungido”. Es un término de alta relevancia en las religiones judía y cristiana, aunque por diferentes razones. Veamos algunos de los aspectos contrastante e irreconciliables entre ambas posturas.
1. ¿Quién es Mesías?
Para el judaísmo, un Mesías es aquel que ha sido uncido para ejercer el oficio de rey o Sumo Sacerdote. Para el cristianismo, el Mesías es Jesús de Nazareth, preexistente y designado desde la eternidad como Mesías por D-os mismo.
Es cierto que en algunas fuentes talmúdicas se menciona al Mesías como preexistente, pero nunca en un sentido que altere la idea original, que mantiene una diferencia sutil, pero relevante, sobre la identidad del Mesías: para el judaísmo, nadie nace siendo Mesías. Se es Mesías hasta que se recibe la “unción” mesiánica (de otro modo, no tiene sentido llamarle “ungido” a nadie). Para el cristianismo, en cambio, se es Mesías por designio divino.
Esto conlleva otra diferencia fundamental, y es la cantidad posible de Mesías.
2. ¿Cuántos Mesías hay?
Para el judaísmo, es Mesías quien recibe la unción. Para el cristianismo, sólo Jesús de Nazareth.
Más aún: para el judaísmo, hay dos tipos diferentes de Mesías, pertenecientes a dos diferentes linajes. Por un lado, está el Mesías de David, o rey, que pertenece a la tribu de Yehudah y que es descendiente directo del Rey David. Por el otro, el Mesías de Aarón, o Sumo Sacerdote, que pertenece a la tribu de Levi, y que es descendiente directo de Aarón, el hermano de Moisés.
En cambio, para el cristianismo sólo hay un Mesías: Jesús de Nazareth, en quien se fusionan los oficios de rey y Sumo Sacerdote.
Desde la perspectiva judía, en condiciones óptimas siempre debe haber dos Mesías en funciones: uno ejerciendo el poder político, y otro ejerciendo el liderazgo espiritual. El primer Mesías sacerdotal fue Aarón, al ser uncido por Moisés para ejercer el oficio de Sumo Sacerdote. El segundo fue Saúl, al ser uncido por Samuel para ejercer el oficio de rey. Habiendo perdido el favor de D-os, Samuel unció a David, que entonces se convirtió en el segundo Mesías rey, y fundador del linaje mesiánico.
De cualquier modo, para las épocas de David ya habían existido varios Sumos Sacerdotes (o varios Mesías), y durante un poco más de cuatro siglos, los reyes del linaje de David ejercieron sus funciones al mismo tiempo que los Sumos Sacerdotes. Es decir: en todo momento hubo dos Mesías en funciones.
La destrucción de Jerusalén y el Templo en 587 AEC puso un alto a la sucesión de ambos linajes mesiánicos. En 539 AEC, Ciro el Persa permitió la reconstrucción nacional de Judea, y con ello la reorganización religiosa, lo que permitió que se reestableciera el linaje mesiánico sacerdotal. Sin embargo, Judea continuó bajo vasallaje persa, luego medo, luego macedónico, luego egipcio, y luego sirio.
No fue sino hasta 158 AEC que se sentó la base para una eventual independencia nacional —que sólo llegó de manera plena hasta 127 AEC—, pero sucedió algo que significó un profundo trauma para los judíos tradicionalistas: el linaje de David no fue restituido en el Trono, que en cambio fue ocupado por el linaje Hasmoneo. Los puristas consideraron esto una usurpación, y el descontento empezó a tomar diversos modos y manifestaciones (la más compleja, sin duda, fue la secta Esenia-Qumranita).
Con el Sumo Sacerdocio ocurrió algo similar, ya que los mismos Hasmoneos ejercieron este rol al mismo tiempo que el de rey, lo cual fue considerado una usurpación por partida doble. Aunque sin lograr legitimarse en el cargo, los Hasmoneos ejercieron el Sumo Sacerdocio del modo tradicional hasta el año 63 AEC, cuando Judea fue anexada por Roma como provincia. A partir de ese punto, el cargo de Sumo Sacerdote fue manipulado por el poder romano, y esta situación se mantuvo hasta el año 70 EC, cuando Jerusalén y el Templo fueron nuevamente destruidos, esta vez por las tropas romanas.
En resumen: ateniéndonos a una cronología tradicional, el primer Mesías Sacerdotal (Aarón) pudo haber entrado en funciones hacia 1350 AEC. Desde ese momento, y hasta 587 AEC, hubo un ejercicio interrumpido de este oficio por parte de los diversos Mesías Sacerdotales, o Sumos Sacerdotes.
Concomitantemente, aunque a partir del año 1000 AEC, empezó a ejercerse el oficio de rey ungido, o Mesías Real, primero por Saúl y luego por David, quien estableció el linaje mesiánico correspondiente. Este oficio de Mesías Real también se mantuvo hasta 587 AEC. Después de la destrucción de Jerusalén en ese año y del exilio en Babilonia, el Mesianismo Sacerdotal se reestableció. El Real no.
¿Cuántos Mesías hubo entonces? Muchos, porque para el judaísmo esto es lo normal.
¿Cuántos deberá haber en lo sucesivo? Entendamos bien lo que implica la “llegada del Mesías” desde esta perspectiva judía: el objetivo es que se regrese a la condición óptima, donde los dos Mesías (ungidos) —el rey y el Sumo Sacerdote— vuelvan a ejercer sus funciones. Cuando eventualmente muera cada uno, el rol deberá ser asumido por los herederos legítimos, de tal modo que se mantenga la dupla de ungidos funcionando tal y como lo establece la Biblia.
Dicho de otro modo: el judaísmo tradicional está a la espera de que aparezca un personaje que, siendo descendiente directo del Rey David, pueda asumir su rol mesiánico al tiempo que se consolide el Reino Mesiánico. Parte inherente de esta consolidación es la restauración del Templo de Jerusalén, y con ello la restauración del oficio de Sumo Sacerdote. Por lo tanto, con el Reino Mesiánico estarán recuperando sus funciones los dos Mesías.
Cierto que el énfasis está puesto en uno sólo —el del linaje de David—, pero esto sólo se debe a que su manifestación conlleva la restauración del judaísmo completo. Como consecuencia lógica de esa restauración, se reestablecerán los dos linajes mesiánicos, y se garantizará la sucesión mesiánica en los herederos de cada linaje.
Resumiendo: no hay un solo Mesías. Se espera al que va a representar el parte aguas en la historia, pero el tal es parte de toda una estructura mesiánica que, una vez restaurada, va a ser sostenida por la presencia permanente de dos Mesías: uno político y otro espiritual.
Desde la perspectiva doctrinal cristiana, es imposible considerar a estos personajes (reyes y Sumos Sacerdotes) en el mismo nivel que Jesús como Mesías, porque el Mesianismo de Jesús es eterno.
Por lo mismo, se diluye —o no se toma en cuenta— el sentido de la unción que era recibida tanto por los reyes como por los Sumos Sacerdotes, considerándose que el único de ser llamado Mesías es Jesús de Nazareth.
Esto nos obliga a reconsiderar qué es la espera mesiánica.
3. ¿Qué ha significado “esperar al Mesías”?
Para el cristianismo, una sola cosa: aguardar el cumplimiento de las profecías mesiánicas, mismas que logran su verificación en Jesús de Nazareth.
En cambio, para el judaísmo ha significado cosas diferentes dependiendo de la época en cuestión.
Sin meternos en la compleja cuestión de cómo evolucionó el concepto de Mesías y Reino Mesiánico, vamos a mencionar lo más obvio por el momento: la condición óptima, como ya dijimos, es que el pueblo judío viva bajo el gobierno político del Mesías de David y la dirección espiritual del Mesías de Aarón.
Esa situación se dio entre los años 1000 (aproximadamente) y 587 AEC. Por lo tanto, ¿qué significaba “esperar al Mesías” en esos tiempos?
Estrictamente hablando, no se estaba esperando al Mesías. Había Mesías, tanto Real como Sacerdotal. Lo que se esperaba era el Reino Mesiánico, en el sentido de la plenitud de la paz y la justicia inundando el mundo. El modelo lo establece Isaías 2.1-4, donde se habla del Reino Mesiánico, pero NUNCA SE MENCIONA EL ADVENIMIENTO DE UN MESÍAS. La razón es simple: Judá tenía rey y Sumo Sacerdote. El asunto no era esperar a la persona, sino el acontecimiento histórico del Reino Mesiánico.
La perspectiva cristiana tradicional no puede considerar este tipo de mesianismo, porque sostiene que aún en ese tiempo, se estaba esperando el advenimiento de, eventualmente, Jesús de Nazareth.
Los linajes mesiánicos perdieron sus funciones en 587 AEC, con la destrucción del reino de Judá y del Templo. Como ya se mencionó, el linaje de Aarón recuperó sus funciones tras la reconstrucción del Templo (mediados del siglo VI AEC), y las mantuvo hasta 70 EC.
Fue en esta época en la que el pueblo judío se acostumbró a enfatizar el restablecimiento del linaje de David. Es obvio: el paso importante para avanzar hacia el Reino Mesiánico era que los descendientes de David restauraran su trono. Por ello, la “espera” mesiánica tradicional se dirigió hacia la casa de David. Si se dejó de insistir en el Mesías de Aarón, sólo fue por la simple razón de que ese ya estaba otra vez funcionando.
Hay otro detalle: la “espera” del Mesías de David (o más bien, de la restauración del Trono al linaje de David) no era una espera abierta ni abstracta, porque se conocían bien los descendientes del rey David (al menos, desde la perspectiva tradicional, que los identificaba con Zerubabel y su descendencia). Dicho de otro modo: no era un enigma ni un misterio de dónde tenía que salir el Mesías (o el que restaurase el Trono de David). Se sabía cuál era la familia, generación tras generación. No hay ningún dato histórico que nos haga suponer que en algún momento se “perdió de vista” al linaje de David, sino hasta la persecución desatada contra ellos en 70 EC, por parte de Vespasiano.
Esta idea tampoco es aceptada por el cristianismo. La identidad del Mesías anunciado se mantuvo siempre en misterio, perfilado solamente por las profecías mesiánicas. Quien cumpliese esas profecías, demostraría ser el Mesías.
A partir del año 70 EC, sin Templo y con los descendientes de David que hubieran podido sobrevivir en la clandestinidad, el judaísmo perdió de vista toda referencia concreta al Reino Mesiánico: no había país, no había centro religioso, y no se sabía el paradero del linaje mesiánico Real. Por lo tanto, la “espera” llegó a su punto máximo de complejidad, y sólo hasta entonces empezó a cobrar importancia el concepto de “profecía mesiánica”, elemento indispensable para poder identificar a quien fuese a restaurar a Israel.
El cristianismo comulga perfectamente con este concepto de “espera”, e incluso con la importancia que se le debe dar a la “profecía mesiánica”, sólo que sostiene que así fue desde un principio. El judaísmo, en cambio, sólo vive esa situación desde 70 EC.
Vale aclarar que el linaje sacerdotal no se perdió. Hoy en día, desde la perspectiva tradicionalista, se sabe quiénes son descendientes directos de Aarón, y por lo mismo se sabe de dónde tiene que surgir el Mesías Sacerdotal. Claro, el detonante para que se dé la restauración religiosa será la manifestación del otro Mesías, el que permanece completamente oculto.
El cristianismo, en cambio, sostiene que siempre permaneció oculto, que ya se manifestó en Jesús, y que entonces no hay nada que esperar, salvo su segunda venida.
Llegados a este punto, es necesario empezar a hablar de lo que se entiende por “profecía mesiánica”.
3. ¿En qué sentido está profetizado el Mesías?
Nuevamente, en este punto las posturas judía y cristiana son irreconciliables. Para el judaísmo, la profecía mesiánica tiene como tema central el establecimiento del Reino Mesiánico, porque es en torno a ello que serán restaurados los linajes Mesiánicos, y los herederos de David y Aarón podrán retomar plenamente sus funciones. Si se enfatiza la llegada del Mesías de David, es porque esta va a ser el símbolo de la restauración del todo. Pero ese todo implica al otro Mesías, así como la restauración de linajes mesiánicos (es decir, la garantía de que generación tras generación seguirá habiendo herederos, y en su momento, Mesías, tanto en la Realeza como en el Sacerdocio).
En cambio, para el cristianismo la profecía mesiánica tiene como tema central a Jesús de Nazareth, único Mesías en la profecía y en la Historia. Llegado él, lo que se espera es que todo el universo se rinda ante él.
Hay que hacer un análisis de lo que el cristianismo ha considerado “profecías mesiánicas” (asunto que inicia desde los mismos Evangelios), pero dada la amplitud del tema, lo trataremos en una nota aparte. Por el momento, baste decir que estas diferencias fueron las que permitieron que el cristianismo le diera el nivel de “profecía mesiánica” a pasajes de la Biblia Hebrea que, en realidad, no lo son.
4. Hora de preguntarnos: ¿cuál es la creencia de los llamados Judíos Mesiánicos?
Cualquier conocedor de sus doctrinas ya sabe la respuesta: los Judíos Mesiánicos sólo consideran Mesías a Yehoshúa ben Yosef, porque asumen que es quien cumple las profecías mesiánicas dadas desde la antigüedad.
Con ello, implícitamente también asumen que nunca hubo variantes en lo que podemos llamar “espera mesiánica”, porque desde un principio el objeto de esa espera fue Yehoshúa, y el tema de las profecías fue Yehoshúa.
Además, asumen que la importancia del Reino Mesiánico es secundaria —por lo menos cronológicamente—, porque el Mesías Yehoshúa ya se manifestó, pero el Reino Mesiánico no. Eso implica, además, que la manifestación del Mesías Yehoshúa no implica la del Reino Mesiánico, y menos aún la restauración o consolidación del Mesianismo Sacerdotal, porque —de hecho— Yehoshúa es el verdadero Sumo Sacerdote, aunque no bajo el orden aarónico —el orden establecido por la Torá—.
Al igual que el cristianismo, los Judíos Mesiánicos esperan la consolidación del Reino Mesiánico cuando Yehoshúa regrese por segunda vez. Naturalmente, en su perspectiva está descartado que Yehoshúa restablezca las dinastías mesiánicas, o dicho de otro modo, que establezca un sistema político religioso en el que convivan dos Mesías (el Real y el Sacerdotal), que vayan heredando el rango mesiánico a sus descendientes.
Resumiendo: los llamados Judíos Mesiánicos comulgan con el concepto cristiano, no con el concepto judío.
viernes, 27 de noviembre de 2009
miércoles, 11 de noviembre de 2009
Isaías 53: ¿Jesús profetizado?
EL SIERVO DEL SEÑOR
(EVED ADON-I)
Un análisis de Isaías 53
El capítulo 53 del profeta Isaías es crucial en la controversia judeo-cristiana sobre la identidad de Jesús de Nazareth como Mesías.
Para el cristianismo, de aquí se deduce la idea fundamental del Mesías Sufriente (idea recuperada de la tradición apocalíptica sostenida, principalmente, por la secta Esenia-Qumranita en las décadas previas a la vida de Jesús de Nazareth).
En el presente texto, me propongo dejar en claro los siguientes puntos:
1. Por qué es un hecho que este texto no habla del Mesías.
2. Por qué es un hecho que este texto no habla de Jesús.
3. Por qué es un hecho que este texto habla de Israel.
I. ¿Existe un Mesías Sufriente?
Cierto: hay evidencia para sustentar que el judaísmo previo a Jesús de Nazareth desarrolló la idea de un Mesías Sufriente. Sin embargo, hay que tomar en cuenta dos aspectos básicos referentes a esta idea.
El primero de ellos es que se trato de una doctrina tardía, heterodoxa, atípica y minoritaria.
El segundo, que fue sustentada como parte de un corpus doctrinal que, en su integridad, es rechazado por el cristianismo.
1. La doctrina del Mesías Sufriente.
Esta doctrina ha sido sostenida por dos grupos a lo largo de la Historia: los de tendencia apocalíptica en la antigua Judea, y el cristianismo. En términos generales, coinciden en un aspecto: las Escrituras Hebreas hablan de un Ungido (Mashiaj, en hebreo) que funge un rol en el esquema de la Redención por medio de sus sufrimientos.
El único texto que aborda este tema es, precisamente, Isaías 53.
Una cosa es definitiva: la doctrina es tardía. No se dispone de ningún tipo de evidencia que sustente que esta creencia existió antes del siglo I AEC.
Independientemente de la fecha que aceptemos para la redacción de Isaías 53 (siglo VIII AEC según los tradicionalistas, o siglo VI AEC según la crítica bíblica), una cosa es definitiva: Isaías 53 jamás usa el término “Mesías Sufriente” para referirse al indiscutible protagonista de una amplia sección que abarca los capítulos 40-55: el Siervo del Señor (Aved Adon-i).
Esta condición tardía de dicha doctrina va de la mano con otro dato plenamente verificable: la idea de un Mesías Sufriente surge dentro del pensamiento apocalíptico, y este tuvo su inicio y desarrollo a partir del siglo II AEC, especialmente a partir de la elaboración del libro de Daniel (hacia 164 AEC), en el cual —de todos modos— nunca se menciona un Mesías Sufriente.
Lo más factible es que la idea de un Mesías Sufriente se haya consolidado en el siglo I AEC, y apenas fue retomada por la tradición rabínica en el siglo II (especialmente en los ambientes místicos que luego darían forma a la Kabbalah), lo que permitió una leve inclusión en algunas secciones talmúdicas (entre los siglos II y V EC).
Esto significa que dicha idea nunca fue parte esencial del judaísmo antiguo, debido a que la idea bíblica del mesianismo es muy simple. Mesías significa, literalmente, Ungido, y es un tecnicismo que se le aplica a dos personajes bien definidos: el Rey y el Sumo Sacerdote. La razón es obvia: cuando la persona elegida para ejercer el cargo iniciaba funciones (generalmente, tras la muerte de quien lo venía ejerciendo), era uncido con un aceite de manufactura especial (los modelos bíblicos los encontramos en Éxodo 29.5-7 para el Sumo Sacerdote, y I Samuel 10.1 para el rey). Luego entonces, se convertían en “ungidos”.
No hay, por lo tanto, misterios respecto a lo que significa ser Mesías, ni respecto al modo en el que una persona viene a ser un Mesías.
En cambio, no hay ninguna aclaración similar respecto a un supuesto Mesías Sufriente (incluso, llevando el tema a sus últimas consecuencias, la Torá —base del judaísmo— sólo menciona explícitamente al Mesías Sacerdotal, no al Mesías Rey).
En cambio, hay otro detalle que refuerza la naturaleza heterodoxa de esta doctrina: el Mesías Sufriente es, en la tradición judía, el Mashiaj ben Yosef (el Mesías de las Tribus de Yosef). En el judaísmo tradicionalista, los linajes mesiánicos están perfectamente definidos: el Sumo Sacerdocio corresponde a la tribu de Levi, y el Rey corresponde a la tribu de Yehudah. En estricto, la Torá jamás habla de un Mesías de las tribus de Menashé o Ephraim (los hijos de Yosef).
Por ello, no sorprende que en Isaías 53 JAMÁS SE HAGA USO DEL TÉRMINO “MESÍAS”. Incluso, en todo el pasaje de Isaías 40-55, sólo una vez se menciona a un rey con el término “Mesías”, y se trata de Ciro el Persa (Isaías 45.1), lo cual refuerza la idea expuesta anteriormente, de que el término Mesías es apenas un tecnicismo para referirse a alguien que ha sido uncido para ejercer un oficio de autoridad.
La idea de Mesías Sufriente sólo podía consolidarse en el contexto del pensamiento apocalíptico, ya que esta perspectiva fue la que planteó la perspectiva de que la Historia habría de concluir de modo dramático y catastrófico, específicamente en el contexto de una guerra final que confrontara a los Hijos de la Luz con los Hijos de las Tinieblas.
Como está sobradamente comprobado, esta ideología se consolidó a partir del año 167 AEC, cuando inició la sublevación Macabea contra Antíoco IV Epífanes, emperador Seléucida, y el primer gran producto literario de esta tendencia fue el libro de Daniel, escrito hacia 164 AEC.
Estos datos corroboran el hecho de que la doctrina del Mesías Sufriente fue atípica, heterodoxa y minoritaria, ya que sólo se ha encontrado evidencia documental de la misma en algunos pasajes de ciertos Rollos del Mar Muerto, que fueron la biblioteca de la comunidad Esenia-Qumranita (las escasas referencias sugieren que aún entre los Esenios no fue una doctrina de aceptación mayoritaria).
En resumen: no hay ningún sustento en la Torá para hablar de un Mesías (Ungido) proveniente de las tribus de Yosef y que debiera ejercer un ministerio sufriente. Si a eso añadimos que Isaías 53 jamás usa la palabra Mesías (Ungido), la idea más simple es esta: Isaías 53 no habla de ningún Mesías.
Si el judaísmo llegó a identificar al Siervo del Señor (el protagonista de Isaías 40-55) como un Mesías Sufriente, sólo fue tardíamente y en círculos minoritarios.
2. Mencionamos, además, que la doctrina completa del Mesías Sufriente nunca fue aceptada por el cristianismo de manera íntegra (y, vale decirlo, tampoco por los llamados Judíos Mesiánicos).
La doctrina original, como ya mencionamos, se desarrolló en el medio apocalíptico, y hay que visualizarla entonces de modo completo.
Según el pensamiento apocalíptico, el Mesías Sufriente provendría de las tribus de Yosef (como ya lo señalamos), y su sufrimiento habría de darse en un marco escatológico, lo que quiere decir que su ministerio habría de ser parte del Fin de los Tiempos. ¿Cuál era el acontecimiento esencial del Fin de los Tiempos? La Guerra de los Hijos de la Luz contra los Hijos de las Tinieblas, misma que habría de verificarse en un levantamiento contra el Imperio Romano.
Como parte de la preparación para ese levantamiento, el grupo que se autodenominaba el “Verdadero Israel” o la “Nueva Alianza” (identificado hasta la fecha como los Esenios-Qumranitas) desarrolló una serie de prácticas radicales, lo mismo que de doctrinas extremas, como la autoridad absoluta de los Tzadokim (saduceos, aunque de la tendencia disidente que fue el movimiento Esenio).
El cristianismo aceptó a Jesús como el Mesías Sufriente, pero de ningún modo le concedió la autoridad total a los Saduceos disidentes, ni pregonaron que la muerte de Jesús fuese parte del proceso para levantar a Judea contra Roma, y ni siquiera se percataron que la tradición judía identificaba al Mesías Sufriente con la tribu de Yosef.
Veámoslo entonces de este modo: si se quiere apelar a que el judaísmo previo a Jesús ya hablaba de un Mesías Sufriente, entonces tomemos en cuenta TODA la doctrina del Mesías Sufriente, y no sólo una parte.
Por la naturaleza de dicha doctrina, ni cristianos ni Judíos Mesiánicos la toman en cuenta de manera íntegra. Sólo aquello que se ajusta a sus propias ideas.
II. ¿Podría identificarse a Jesús con el Mesías Sufriente?
No.
La primera razón es simple: el Mesías Sufriente, de acuerdo a la doctrina original judía, es el Mashiaj ben Yosef, o Mesías de las tribus de Yosef. De acuerdo a los Evangelios, Jesús fue descendiente directo del Rey David, y en consecuencia, del linaje de la tribu de Yehudah. Por lo tanto, no califica para ser el Mashiaj ben Yosef.
De hecho, esto evidencia la contradicción intrínseca de la idea de Jesús como Mesías Sufriente: en la tradición judía —pasando por alto lo tardío, heterodoxo y minoritario— los Mesías de Yehudah y Yosef son diferentes. Uno es el Mesías Rey, el otro el Sufriente. Y los evangelios de Mateo y Lucas hacen todo lo posible por presentar a Jesús como el Mesías de Yehudah, al proponernos dos genealogías que lo vinculan con el rey David (pasemos por alto que ambas genealogías son totalmente contradictorias).
Luego entonces, queda descartado que Jesús pueda ser el Mashiaj ben Yosef (a menos que algún ingenuo proponga que “ben Yosef” no se debe referir al linaje, sino al nombre de su padre; imposible, porque de haber sido parte del linaje de David, Yosef —el padre de Jesús— debió ser identificado también como Mashiaj ben David, y ese habría sido el título que heredaría a Jesús).
Pero hay más razones para no poder asociar a Jesús con el Siervo de Isaías 53.
Dejemos por alto la fragilidad del concepto de Mesías Sufriente, y contrastemos tres características del protagonista del capítulo que nos interesa, con lo que los Evangelios dicen sobre Jesús:
1. “…no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos”. Isaías 53.2
Esa no es la imagen que los Evangelios presentan sobre Jesús. Lucas 2.52 nos dice que Jesús “crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con D-os y los hombres”. Juan, por su parte, nos dice que unos alguaciles dijeron de él “jamás hombre alguno ha hablado como este hombre”.
Se argumenta que la descripción de Isaías 53.2 corresponde al Jesús martirizado, pero eso es ilógico de acuerdo a la estructura del texto. El versículo referido nos habla de las características propias del Siervo, no de una etapa concreta de su ministerio. En cambio, los Evangelios siempre presentan a Jesús como alguien cuya presencia impacta, reta, e incluso, apabulla a sus contrincantes.
Todo lo contrario a lo que dice Isaías 53.
2. “Angustiado él y afligido, no abrió su boca…” Isaías 53.7
Curiosamente, los Evangelios se obstinan en presentar a un Jesús con aplomo e íntegro en todo el proceso de su pasión. Nuevamente, se argumenta que en Gethsemaní, antes de su arresto, Jesús vivió un momento de angustia, y que ante Poncio Pilatos hubo un momento en el que guardó silencio por las acusaciones.
Pero regresemos al sentido obvio del texto de Isaías: allí no dice que el Siervo padecería UN MOMENTO de angustia y OTRO de silencio. Por el contrario: la angustia y el silencio son características EXISTENCIALES del Siervo durante todo el proceso de ser “llevado al matadero“. En cambio, Jesús con su aplomo pudo retar verbalmente tanto a Caifás como a Poncio Pilato, y todavía decir las célebres “Siete Palabras” (o Frases) en la cruz, cuando el texto de Isaías agrega que el Siervo “enmudeció y no abrió su boca”. Y es un hecho que Jesús no se quedó callado.
Nuevamente, todo lo contrario a lo que dice Isaías 53.
3. “Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte”.
Esta es la peor de todas: Jesús fue ejecutado con los impíos, pero sepultado como rico, según los Evangelios. Exactamente ¡al revés! De cómo está indicado en Isaías 53. Las pruebas las dan los Evangelios: según Lucas 23.32-33 (y paralelos), Jesús fue crucificado y murió entre dos malhechores; y según Lucas 23.50-53 (y paralelos), fue sepultado en la propiedad de un hombres distinguido, José de Arimatea. Pero Isaías dice que la sepultura tenía que disponerse con los impíos, y la muerte con los ricos.
Nada de eso se cumple en Jesús.
En resumen: los Evangelios presentan a Jesús como el Mesías del linaje de David (de la tribu de Yehudah), y nos relatan como fue una persona de personalidad sumamente atractiva y carismática. Además, aclaran que al ser sentenciado a muerte y ejecutado en la cruz, si bien pasó momentos de duda y silencio, mantuvo el aplomo completo y confrontó a sus acusadores y ejecutores. Fue crucificado entre dos maleantes, pero sepultado en la propiedad de un aristócrata.
Todo lo contrario a lo que dice Isaías 53 sobre el Siervo del Señor.
Peor aún: todo lo contrario a lo que la doctrina del Mesías Sufriente —minoritaria y heterodoxa, además— dice sobre el Mesías Sufriente, que debía ser de las tribus de Yosef.
La conclusión es simple: Jesús de Nazareth no puede ser identificado como el Mesías Sufriente.
III. ¿Por qué decimos que Israel es el Siervo del Señor?
Por la razón más simple, hablando de exégesis bíblica: porque el mismo texto lo dice.
El tema del Siervo del Señor no es exclusivo de Isaías 53, sino que aparece en toda la sección que comprende los capítulos 40-55, elaborados durante la época de la restauración de Judea, posterior a los años de exilio en Babilonia (la mención de Ciro el Persa en Isaías 45.1 nos permite fechar esta sección de Isaías en los años posteriores al 539 AEC, cuando Ciro se impuso como emperador en Babilonia y empezó la política de tolerancia hacia los judíos, misma que permitió que la nación fuese reconstruida).
Los biblistas han identificado cuatro pasajes que han sido llamados los “Cuatro Cantos del Siervo”, y corresponden a Isaías 42.1-9; 49.1-7; 50.4-11; y 52.13-53.12
Hagamos, entonces, un ejercicio coherente de interpretación, y tomemos en cuenta todas las referencias al Siervo del Señor para dejar en claro su identidad. Con ese objetivo, cito tres pasajes claves:
1. “¿Quién es ciego, sino mi Siervo? ¿Quién es sordo, como mi mensajero que envié? ¿Quién es ciego como mi escogido y ciego como el Siervo del Señor?” Isaías 42.19
2. “Y me dijo: mi Siervo eres, oh Israel, porque en ti me gloriaré” Isaías 49.3
3. “Así ha dicho el Señor, Redentor de Israel, el Santo suyo, al menospreciado de alma, al abominado de las naciones, al siervo de los tiranos: verán reyes, y se levantarán príncipes, y adorarán por el Señor; porque fiel es el Santo de Israel, el cual te escogió”. Isaías 49.7
El primer pasaje citado refiere dos características del Siervo del Señor que ningún cristiano aceptaría en Jesús: ciego y sordo. Y el reto de coherencia es este: si se quiere insistir en que Jesús es el Siervo en Isaías 53, entonces también lo es en Isaías 42. Por lo tanto, se deduce que Jesús fue un necio: ciego y sordo ante el llamado de D-os. Si, en contraparte, se rechaza que Isaías 42 hable de Jesús, se rechaza entonces que Isaías 53 lo haga también.
Un correcto trabajo exegético no permite aplicar arbitrariamente los criterios de interpretación.
Por su parte, el tercer pasaje es el vínculo evidente con Isaías 53, al hablar del “menospreciado de alma” y “abominado de las naciones”. Es muy obvio, contundentemente claro, que en este versículo ya está prefigurada la imagen trágica del Siervo del Señor que luego se detalla en Isaías 53. Así que no pueden quedar dudas respecto a que estamos hablando de la misma persona (si acaso es persona).
Dejo para el final el segundo pasaje referido, que no deja dudas respecto a la identidad del Siervo: “Mi Siervo eres, oh Israel…”
¿Por qué afirmamos que el Siervo del Señor es Israel?
Porque así lo dice el libro de Isaías.
Por más que se argumente que algunos grupos marginales del judaísmo del siglo I AEC y posteriores vieron en Isaías 53 a un Mesías Sufriente, no se puede imponer este criterio —menos aún, siendo minoritario— a la evidencia clara dada por el propio texto bíblico: el Siervo del Señor del que habla Isaías es el pueblo de Israel.
Dicho de otro modo: Isaías 53 habla de Israel.
No del Mesías.
Menos aún de un Mesías Sufriente.
Y menos aún de Jesús de Nazareth.
A la evidencia bíblica nos hemos remitido.
(EVED ADON-I)
Un análisis de Isaías 53
El capítulo 53 del profeta Isaías es crucial en la controversia judeo-cristiana sobre la identidad de Jesús de Nazareth como Mesías.
Para el cristianismo, de aquí se deduce la idea fundamental del Mesías Sufriente (idea recuperada de la tradición apocalíptica sostenida, principalmente, por la secta Esenia-Qumranita en las décadas previas a la vida de Jesús de Nazareth).
En el presente texto, me propongo dejar en claro los siguientes puntos:
1. Por qué es un hecho que este texto no habla del Mesías.
2. Por qué es un hecho que este texto no habla de Jesús.
3. Por qué es un hecho que este texto habla de Israel.
I. ¿Existe un Mesías Sufriente?
Cierto: hay evidencia para sustentar que el judaísmo previo a Jesús de Nazareth desarrolló la idea de un Mesías Sufriente. Sin embargo, hay que tomar en cuenta dos aspectos básicos referentes a esta idea.
El primero de ellos es que se trato de una doctrina tardía, heterodoxa, atípica y minoritaria.
El segundo, que fue sustentada como parte de un corpus doctrinal que, en su integridad, es rechazado por el cristianismo.
1. La doctrina del Mesías Sufriente.
Esta doctrina ha sido sostenida por dos grupos a lo largo de la Historia: los de tendencia apocalíptica en la antigua Judea, y el cristianismo. En términos generales, coinciden en un aspecto: las Escrituras Hebreas hablan de un Ungido (Mashiaj, en hebreo) que funge un rol en el esquema de la Redención por medio de sus sufrimientos.
El único texto que aborda este tema es, precisamente, Isaías 53.
Una cosa es definitiva: la doctrina es tardía. No se dispone de ningún tipo de evidencia que sustente que esta creencia existió antes del siglo I AEC.
Independientemente de la fecha que aceptemos para la redacción de Isaías 53 (siglo VIII AEC según los tradicionalistas, o siglo VI AEC según la crítica bíblica), una cosa es definitiva: Isaías 53 jamás usa el término “Mesías Sufriente” para referirse al indiscutible protagonista de una amplia sección que abarca los capítulos 40-55: el Siervo del Señor (Aved Adon-i).
Esta condición tardía de dicha doctrina va de la mano con otro dato plenamente verificable: la idea de un Mesías Sufriente surge dentro del pensamiento apocalíptico, y este tuvo su inicio y desarrollo a partir del siglo II AEC, especialmente a partir de la elaboración del libro de Daniel (hacia 164 AEC), en el cual —de todos modos— nunca se menciona un Mesías Sufriente.
Lo más factible es que la idea de un Mesías Sufriente se haya consolidado en el siglo I AEC, y apenas fue retomada por la tradición rabínica en el siglo II (especialmente en los ambientes místicos que luego darían forma a la Kabbalah), lo que permitió una leve inclusión en algunas secciones talmúdicas (entre los siglos II y V EC).
Esto significa que dicha idea nunca fue parte esencial del judaísmo antiguo, debido a que la idea bíblica del mesianismo es muy simple. Mesías significa, literalmente, Ungido, y es un tecnicismo que se le aplica a dos personajes bien definidos: el Rey y el Sumo Sacerdote. La razón es obvia: cuando la persona elegida para ejercer el cargo iniciaba funciones (generalmente, tras la muerte de quien lo venía ejerciendo), era uncido con un aceite de manufactura especial (los modelos bíblicos los encontramos en Éxodo 29.5-7 para el Sumo Sacerdote, y I Samuel 10.1 para el rey). Luego entonces, se convertían en “ungidos”.
No hay, por lo tanto, misterios respecto a lo que significa ser Mesías, ni respecto al modo en el que una persona viene a ser un Mesías.
En cambio, no hay ninguna aclaración similar respecto a un supuesto Mesías Sufriente (incluso, llevando el tema a sus últimas consecuencias, la Torá —base del judaísmo— sólo menciona explícitamente al Mesías Sacerdotal, no al Mesías Rey).
En cambio, hay otro detalle que refuerza la naturaleza heterodoxa de esta doctrina: el Mesías Sufriente es, en la tradición judía, el Mashiaj ben Yosef (el Mesías de las Tribus de Yosef). En el judaísmo tradicionalista, los linajes mesiánicos están perfectamente definidos: el Sumo Sacerdocio corresponde a la tribu de Levi, y el Rey corresponde a la tribu de Yehudah. En estricto, la Torá jamás habla de un Mesías de las tribus de Menashé o Ephraim (los hijos de Yosef).
Por ello, no sorprende que en Isaías 53 JAMÁS SE HAGA USO DEL TÉRMINO “MESÍAS”. Incluso, en todo el pasaje de Isaías 40-55, sólo una vez se menciona a un rey con el término “Mesías”, y se trata de Ciro el Persa (Isaías 45.1), lo cual refuerza la idea expuesta anteriormente, de que el término Mesías es apenas un tecnicismo para referirse a alguien que ha sido uncido para ejercer un oficio de autoridad.
La idea de Mesías Sufriente sólo podía consolidarse en el contexto del pensamiento apocalíptico, ya que esta perspectiva fue la que planteó la perspectiva de que la Historia habría de concluir de modo dramático y catastrófico, específicamente en el contexto de una guerra final que confrontara a los Hijos de la Luz con los Hijos de las Tinieblas.
Como está sobradamente comprobado, esta ideología se consolidó a partir del año 167 AEC, cuando inició la sublevación Macabea contra Antíoco IV Epífanes, emperador Seléucida, y el primer gran producto literario de esta tendencia fue el libro de Daniel, escrito hacia 164 AEC.
Estos datos corroboran el hecho de que la doctrina del Mesías Sufriente fue atípica, heterodoxa y minoritaria, ya que sólo se ha encontrado evidencia documental de la misma en algunos pasajes de ciertos Rollos del Mar Muerto, que fueron la biblioteca de la comunidad Esenia-Qumranita (las escasas referencias sugieren que aún entre los Esenios no fue una doctrina de aceptación mayoritaria).
En resumen: no hay ningún sustento en la Torá para hablar de un Mesías (Ungido) proveniente de las tribus de Yosef y que debiera ejercer un ministerio sufriente. Si a eso añadimos que Isaías 53 jamás usa la palabra Mesías (Ungido), la idea más simple es esta: Isaías 53 no habla de ningún Mesías.
Si el judaísmo llegó a identificar al Siervo del Señor (el protagonista de Isaías 40-55) como un Mesías Sufriente, sólo fue tardíamente y en círculos minoritarios.
2. Mencionamos, además, que la doctrina completa del Mesías Sufriente nunca fue aceptada por el cristianismo de manera íntegra (y, vale decirlo, tampoco por los llamados Judíos Mesiánicos).
La doctrina original, como ya mencionamos, se desarrolló en el medio apocalíptico, y hay que visualizarla entonces de modo completo.
Según el pensamiento apocalíptico, el Mesías Sufriente provendría de las tribus de Yosef (como ya lo señalamos), y su sufrimiento habría de darse en un marco escatológico, lo que quiere decir que su ministerio habría de ser parte del Fin de los Tiempos. ¿Cuál era el acontecimiento esencial del Fin de los Tiempos? La Guerra de los Hijos de la Luz contra los Hijos de las Tinieblas, misma que habría de verificarse en un levantamiento contra el Imperio Romano.
Como parte de la preparación para ese levantamiento, el grupo que se autodenominaba el “Verdadero Israel” o la “Nueva Alianza” (identificado hasta la fecha como los Esenios-Qumranitas) desarrolló una serie de prácticas radicales, lo mismo que de doctrinas extremas, como la autoridad absoluta de los Tzadokim (saduceos, aunque de la tendencia disidente que fue el movimiento Esenio).
El cristianismo aceptó a Jesús como el Mesías Sufriente, pero de ningún modo le concedió la autoridad total a los Saduceos disidentes, ni pregonaron que la muerte de Jesús fuese parte del proceso para levantar a Judea contra Roma, y ni siquiera se percataron que la tradición judía identificaba al Mesías Sufriente con la tribu de Yosef.
Veámoslo entonces de este modo: si se quiere apelar a que el judaísmo previo a Jesús ya hablaba de un Mesías Sufriente, entonces tomemos en cuenta TODA la doctrina del Mesías Sufriente, y no sólo una parte.
Por la naturaleza de dicha doctrina, ni cristianos ni Judíos Mesiánicos la toman en cuenta de manera íntegra. Sólo aquello que se ajusta a sus propias ideas.
II. ¿Podría identificarse a Jesús con el Mesías Sufriente?
No.
La primera razón es simple: el Mesías Sufriente, de acuerdo a la doctrina original judía, es el Mashiaj ben Yosef, o Mesías de las tribus de Yosef. De acuerdo a los Evangelios, Jesús fue descendiente directo del Rey David, y en consecuencia, del linaje de la tribu de Yehudah. Por lo tanto, no califica para ser el Mashiaj ben Yosef.
De hecho, esto evidencia la contradicción intrínseca de la idea de Jesús como Mesías Sufriente: en la tradición judía —pasando por alto lo tardío, heterodoxo y minoritario— los Mesías de Yehudah y Yosef son diferentes. Uno es el Mesías Rey, el otro el Sufriente. Y los evangelios de Mateo y Lucas hacen todo lo posible por presentar a Jesús como el Mesías de Yehudah, al proponernos dos genealogías que lo vinculan con el rey David (pasemos por alto que ambas genealogías son totalmente contradictorias).
Luego entonces, queda descartado que Jesús pueda ser el Mashiaj ben Yosef (a menos que algún ingenuo proponga que “ben Yosef” no se debe referir al linaje, sino al nombre de su padre; imposible, porque de haber sido parte del linaje de David, Yosef —el padre de Jesús— debió ser identificado también como Mashiaj ben David, y ese habría sido el título que heredaría a Jesús).
Pero hay más razones para no poder asociar a Jesús con el Siervo de Isaías 53.
Dejemos por alto la fragilidad del concepto de Mesías Sufriente, y contrastemos tres características del protagonista del capítulo que nos interesa, con lo que los Evangelios dicen sobre Jesús:
1. “…no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos”. Isaías 53.2
Esa no es la imagen que los Evangelios presentan sobre Jesús. Lucas 2.52 nos dice que Jesús “crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con D-os y los hombres”. Juan, por su parte, nos dice que unos alguaciles dijeron de él “jamás hombre alguno ha hablado como este hombre”.
Se argumenta que la descripción de Isaías 53.2 corresponde al Jesús martirizado, pero eso es ilógico de acuerdo a la estructura del texto. El versículo referido nos habla de las características propias del Siervo, no de una etapa concreta de su ministerio. En cambio, los Evangelios siempre presentan a Jesús como alguien cuya presencia impacta, reta, e incluso, apabulla a sus contrincantes.
Todo lo contrario a lo que dice Isaías 53.
2. “Angustiado él y afligido, no abrió su boca…” Isaías 53.7
Curiosamente, los Evangelios se obstinan en presentar a un Jesús con aplomo e íntegro en todo el proceso de su pasión. Nuevamente, se argumenta que en Gethsemaní, antes de su arresto, Jesús vivió un momento de angustia, y que ante Poncio Pilatos hubo un momento en el que guardó silencio por las acusaciones.
Pero regresemos al sentido obvio del texto de Isaías: allí no dice que el Siervo padecería UN MOMENTO de angustia y OTRO de silencio. Por el contrario: la angustia y el silencio son características EXISTENCIALES del Siervo durante todo el proceso de ser “llevado al matadero“. En cambio, Jesús con su aplomo pudo retar verbalmente tanto a Caifás como a Poncio Pilato, y todavía decir las célebres “Siete Palabras” (o Frases) en la cruz, cuando el texto de Isaías agrega que el Siervo “enmudeció y no abrió su boca”. Y es un hecho que Jesús no se quedó callado.
Nuevamente, todo lo contrario a lo que dice Isaías 53.
3. “Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte”.
Esta es la peor de todas: Jesús fue ejecutado con los impíos, pero sepultado como rico, según los Evangelios. Exactamente ¡al revés! De cómo está indicado en Isaías 53. Las pruebas las dan los Evangelios: según Lucas 23.32-33 (y paralelos), Jesús fue crucificado y murió entre dos malhechores; y según Lucas 23.50-53 (y paralelos), fue sepultado en la propiedad de un hombres distinguido, José de Arimatea. Pero Isaías dice que la sepultura tenía que disponerse con los impíos, y la muerte con los ricos.
Nada de eso se cumple en Jesús.
En resumen: los Evangelios presentan a Jesús como el Mesías del linaje de David (de la tribu de Yehudah), y nos relatan como fue una persona de personalidad sumamente atractiva y carismática. Además, aclaran que al ser sentenciado a muerte y ejecutado en la cruz, si bien pasó momentos de duda y silencio, mantuvo el aplomo completo y confrontó a sus acusadores y ejecutores. Fue crucificado entre dos maleantes, pero sepultado en la propiedad de un aristócrata.
Todo lo contrario a lo que dice Isaías 53 sobre el Siervo del Señor.
Peor aún: todo lo contrario a lo que la doctrina del Mesías Sufriente —minoritaria y heterodoxa, además— dice sobre el Mesías Sufriente, que debía ser de las tribus de Yosef.
La conclusión es simple: Jesús de Nazareth no puede ser identificado como el Mesías Sufriente.
III. ¿Por qué decimos que Israel es el Siervo del Señor?
Por la razón más simple, hablando de exégesis bíblica: porque el mismo texto lo dice.
El tema del Siervo del Señor no es exclusivo de Isaías 53, sino que aparece en toda la sección que comprende los capítulos 40-55, elaborados durante la época de la restauración de Judea, posterior a los años de exilio en Babilonia (la mención de Ciro el Persa en Isaías 45.1 nos permite fechar esta sección de Isaías en los años posteriores al 539 AEC, cuando Ciro se impuso como emperador en Babilonia y empezó la política de tolerancia hacia los judíos, misma que permitió que la nación fuese reconstruida).
Los biblistas han identificado cuatro pasajes que han sido llamados los “Cuatro Cantos del Siervo”, y corresponden a Isaías 42.1-9; 49.1-7; 50.4-11; y 52.13-53.12
Hagamos, entonces, un ejercicio coherente de interpretación, y tomemos en cuenta todas las referencias al Siervo del Señor para dejar en claro su identidad. Con ese objetivo, cito tres pasajes claves:
1. “¿Quién es ciego, sino mi Siervo? ¿Quién es sordo, como mi mensajero que envié? ¿Quién es ciego como mi escogido y ciego como el Siervo del Señor?” Isaías 42.19
2. “Y me dijo: mi Siervo eres, oh Israel, porque en ti me gloriaré” Isaías 49.3
3. “Así ha dicho el Señor, Redentor de Israel, el Santo suyo, al menospreciado de alma, al abominado de las naciones, al siervo de los tiranos: verán reyes, y se levantarán príncipes, y adorarán por el Señor; porque fiel es el Santo de Israel, el cual te escogió”. Isaías 49.7
El primer pasaje citado refiere dos características del Siervo del Señor que ningún cristiano aceptaría en Jesús: ciego y sordo. Y el reto de coherencia es este: si se quiere insistir en que Jesús es el Siervo en Isaías 53, entonces también lo es en Isaías 42. Por lo tanto, se deduce que Jesús fue un necio: ciego y sordo ante el llamado de D-os. Si, en contraparte, se rechaza que Isaías 42 hable de Jesús, se rechaza entonces que Isaías 53 lo haga también.
Un correcto trabajo exegético no permite aplicar arbitrariamente los criterios de interpretación.
Por su parte, el tercer pasaje es el vínculo evidente con Isaías 53, al hablar del “menospreciado de alma” y “abominado de las naciones”. Es muy obvio, contundentemente claro, que en este versículo ya está prefigurada la imagen trágica del Siervo del Señor que luego se detalla en Isaías 53. Así que no pueden quedar dudas respecto a que estamos hablando de la misma persona (si acaso es persona).
Dejo para el final el segundo pasaje referido, que no deja dudas respecto a la identidad del Siervo: “Mi Siervo eres, oh Israel…”
¿Por qué afirmamos que el Siervo del Señor es Israel?
Porque así lo dice el libro de Isaías.
Por más que se argumente que algunos grupos marginales del judaísmo del siglo I AEC y posteriores vieron en Isaías 53 a un Mesías Sufriente, no se puede imponer este criterio —menos aún, siendo minoritario— a la evidencia clara dada por el propio texto bíblico: el Siervo del Señor del que habla Isaías es el pueblo de Israel.
Dicho de otro modo: Isaías 53 habla de Israel.
No del Mesías.
Menos aún de un Mesías Sufriente.
Y menos aún de Jesús de Nazareth.
A la evidencia bíblica nos hemos remitido.
Presentación
¿Cuál es el problema con el judaísmo mesiánico?
Naturalmente, no me interesa cuestionar la legitimidad de que cada quien crea lo que quiera. A fin de cuentas, yo creo en lo que quiero creer. Me tomo esa libertad y, por lo mismo, la respeto en los demás.
Pero hay algo que no me parece correcto: la pretensión de un grupo de ser la perspectiva correcta del judaísmo. Especialmente cuando se trata de un grupo cristiano.
En el presente blog voy a exponer las razones del por qué el llamado Judaísmo Mesiánico es, sin más ni más, cristianismo y no judaísmo.
Voy a exponer por qué, del mismo modo, su actitud y postura implican la idea de que son el judaísmo correcto, en detrimento de los otros modos de judaísmo.
Además, voy a exponer por qué la creencia en Yehoshúa ben Yosef como Mashiaj es incompatible con el judaísmo verdadero.
Finalmente, voy a explicar por qué Saúl de Tarso (el apóstol Pablo) es todavía más incompatible con el judaísmo, y porque el Nuevo Testamento es un texto del todo ajeno a la espiritualidad judía, toda vez que se trata del patrimonio espiritual por excelencia del cristianismo.
Supongo que muchos practicantes o defensores del judaísmo mesiánico tendrán objeciones. Y me parece que los espacios para las notas y comentarios son reducidos. A quienes quieran discutir con franqueza cada tema que toque, les sugiero escribirme a la dirección arvinka@yahoo.com.mx, y exponer allí toda la argumentación posible. Y poner como comentario en el blog sólo el resumen del tema.
Mi interés es exponer el punto de vista judío, así que me comprometo a que todas las objeciones que me envíen, recibirán puntual respuesta como notas del blog.
Que quede claro algo: el objetivo no es ser complaciente. Se trata de confrontar el hecho simple de qué tanta verdad o falsedad hay en creer o rechazar a Yehoshúa como el Mashiaj.
Mi postura es, de antemano, clara: lo rechazo.
Y en el blog iré explicando paso a paso por qué.
Naturalmente, no me interesa cuestionar la legitimidad de que cada quien crea lo que quiera. A fin de cuentas, yo creo en lo que quiero creer. Me tomo esa libertad y, por lo mismo, la respeto en los demás.
Pero hay algo que no me parece correcto: la pretensión de un grupo de ser la perspectiva correcta del judaísmo. Especialmente cuando se trata de un grupo cristiano.
En el presente blog voy a exponer las razones del por qué el llamado Judaísmo Mesiánico es, sin más ni más, cristianismo y no judaísmo.
Voy a exponer por qué, del mismo modo, su actitud y postura implican la idea de que son el judaísmo correcto, en detrimento de los otros modos de judaísmo.
Además, voy a exponer por qué la creencia en Yehoshúa ben Yosef como Mashiaj es incompatible con el judaísmo verdadero.
Finalmente, voy a explicar por qué Saúl de Tarso (el apóstol Pablo) es todavía más incompatible con el judaísmo, y porque el Nuevo Testamento es un texto del todo ajeno a la espiritualidad judía, toda vez que se trata del patrimonio espiritual por excelencia del cristianismo.
Supongo que muchos practicantes o defensores del judaísmo mesiánico tendrán objeciones. Y me parece que los espacios para las notas y comentarios son reducidos. A quienes quieran discutir con franqueza cada tema que toque, les sugiero escribirme a la dirección arvinka@yahoo.com.mx, y exponer allí toda la argumentación posible. Y poner como comentario en el blog sólo el resumen del tema.
Mi interés es exponer el punto de vista judío, así que me comprometo a que todas las objeciones que me envíen, recibirán puntual respuesta como notas del blog.
Que quede claro algo: el objetivo no es ser complaciente. Se trata de confrontar el hecho simple de qué tanta verdad o falsedad hay en creer o rechazar a Yehoshúa como el Mashiaj.
Mi postura es, de antemano, clara: lo rechazo.
Y en el blog iré explicando paso a paso por qué.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
